18:18
2025
Técnica Mixta sobre lienzo
18 × 24 cm
El autobús avanza bajo la lluvia, arrastrando el cansancio del día. Los tonos fríos dominan la escena, interrumpidos por pequeñas luces cálidas —amarillas, rojas— que apenas logran romper el gris del trayecto. Es la hora del regreso, del silencio compartido con desconocidos, del pensamiento que se repite. 18.18: otra jornada que se repliega sobre sí misma, idéntica a la anterior, reflejada en los cristales empañados.
Vivimos en la era de la conexión constante, pero nunca estuvimos tan lejos.
Nos comunicamos sin pausa, compartimos todo, pero sentimos cada vez menos.
El mundo se ha vuelto un lugar limpio, rápido, minimalista… y en esa pureza estética se esconde un vacío que no deja de expandirse.
Moderna Soledad es una mirada hacia esa distancia invisible: la que separa a las personas en un tiempo donde todo está a un clic, pero nadie está realmente presente.
Una época en la que lo individual se impone a lo colectivo, donde miramos tanto hacia dentro que acabamos por perdernos de vista.
Vivimos rodeados de ruido —notificaciones, imágenes, mensajes, información sin pausa—, y ese exceso de estímulos nos desvincula de lo esencial.
Nos desvirtualizamos de nosotros mismos, saturados por lo externo, hasta que la mente se apaga para sobrevivir.
Y ahí, en ese silencio posterior al ruido, aparece la verdadera soledad: la que no viene de fuera, sino de dentro.
Las escenas de la serie son cotidianas y vacías de presencia humana: una cama deshecha, una mesa para uno, un autobús en tránsito, una ventana encendida en la noche.
Lo humano se adivina en los objetos, en los restos del día, en las palabras dispersas que funcionan como pensamientos flotando en el aire.
Esta es la soledad moderna:
un ruido constante, una calma abrumadora.
Un mundo lleno de conexiones, pero sin contacto real.
Una humanidad que grita, aunque nadie escuche.
Moderna Soledad es, al final, un recorrido circular por los espacios donde habitamos nuestra rutina.
Cada obra es una hora, un fragmento del día, una emoción suspendida.
Y en ese ciclo que se repite, lo que permanece encendido —como la última ventana de la noche— es la persistencia de seguir, incluso cuando todo parece apagarse.